6. nov., 2018

Maestro-alumno: esa relación sagrada

En todas las culturas existe desde siempre esa especial relación del maestro y el aprendiz: la relación de enseñanza directa que se vuelve lazo eterno. Tanto en el pensamiento como en las artes, esta relación ha sido siempre apreciada y respetada: el decir “estudié bajo la tutela de…” es muestra del respaldo y de la confianza que se tiene en ambas direcciones. Esta relación desde luego se ha ido disolviendo en tiempos modernos con los sistemas de enseñanza contemporánea, y es más bien reservado para las artes o para la enseñanza de post-grado, en donde se pueden realizar aún estudios con profesores destacados de forma más personal.

 

En Asia sin embargo, este sentimiento se ha perdido menos y sigue permeando aún mucho de la cultura. Las historias clásicas de Buda y su discípulo Ananda en la India, del monje Takuan y el espadachín Musashi en Japón, o los santos tibetanos Marpa y Milarepa son tan sólo algunos ejemplos de esta tradición de respeto por sobre todas las cosas, y la “búsqueda de un maestro” ante el cual postrarse y aprender es una imagen típica del pensamiento asiático, con el ejemplo extremo de Bodhidharma (達摩; Dámó) y su alumno Huike (慧可; Huìkě), quien cortó su propio brazo para mostrar su sinceridad de aprender con el maestro (imagen principal).

 

En ocasiones el alumno puede chocar con el maestro más adelante, y ejemplificaré ambas actitudes; en primera instancia refiero una historia de Confucio:

 

Confucio tuvo 72 alumnos distinguidos que más tarde propagaron sus enseñanzas y que son conocidos como “los maestros confucianos”. Uno de ellos era de nombre Zi Lu (子路) quien, hasta antes de conocerlo, se había dedicado a practicar las artes marciales y el uso de la espada, y era un joven indomable y más bien jactancioso. No era muy afecto al estudio serio, y frecuentemente causaba conmociones durante las clases de su maestro. En una ocasión llegó con una espada a la clase y se puso a demostrar su habilidad, haciendo movimientos rápidos y saltando por todo el salón, casi llegando a tocar la nariz de Confucio con el filo de su arma. El maestro no se enojó y hasta parecía divertido viendo la travesura. Como Zi Lu veía que no obtenía la reacción esperada, enfundó su espada y mohíno, hizo ademán de retirarse, pero el maestro le dijo: “Te aprovecharía más estudiar cultura conmigo que desperdiciar tu tiempo haciendo tonterías el día entero”.

Indignado, Zi Lu contestó, “Desde pequeño ha sido buen arquero y espadachín, ¿de qué me sirve leer un libro?”

El maestro dijo, “Instruirte y cultivar tu mente es como tomar un pedazo de bambú y ponerle plumas detrás y una punta delante. Sin plumas, la flecha no tiene dirección; sin punta, no penetra en su objetivo”.

Zi Lu aparentó desairar esta respuesta y se retiró. Pero esas palabras le habían calado hondo y a partir de entonces, en secreto escuchaba todas las clases de Confucio, parado detrás de una columna. Con el tiempo apreció cada vez más la vasta cultura de su maestro, y llegó un día en que no se separaba de su lado, para poder escuchar todas sus palabras. Más tarde, Zi Lu dejó atrás sus malos hábitos y, reverenciando la enseñanza de Confucio, se convirtió en el más adelantado y respetado de todos sus estudiantes.

 

Este es un ejemplo clásico del alumno rebelde que es transformado y se convierte en el acólito más avanzado del maestro. Por otro lado está esta historia, originaria de los tiempos del Zen (禅, Chán) primitivo después de su fundación en el templo de Shaolin (少林武):

 

Un día, un maestro famoso aceptó bajo su tutela directa a un joven que tomó los votos en el templo y demostró su fervor para el estudio. El joven adoptó el nombre de ‘Pequeño Ciruelo’.

El Pequeño Ciruelo fue el alumno más aventajado del maestro, y antes de los 35 años se convirtió en un monje famoso por su erudición. El maestro le enseñó que uno de los preceptos más importantes para la meditación era el de no tomar en cuenta las palabras de los libros, sino las propias revelaciones al ir profundizando en la reflexión. Tras unos años más, el Pequeño Ciruelo, ya como maestro, dejó el templo y se dirigió a unas villas lejanas en las montañas, donde tomó su nueva residencia y empezó a enseñar. En poco tiempo su erudición y su entendimiento le granjearon la simpatía y la admiración de la gente de ese distrito, y su nombre se hizo famoso. Con el tiempo, su fama llegó por boca de varios viajeros de regreso al templo donde aún estaba su viejo maestro. Al escuchar cómo se hablaba de su alumno, llamó a otro de los jóvenes monjes y le dijo: “Ve a buscar al Pequeño Ciruelo y dile que el precepto que conoce ha sido cambiado: lo más importante es tomar en cuenta las palabras de los que han venido antes y escrito libros, y dejar de lado las propias visiones.”

El joven monje tomó su bolsa de viaje e hizo el largo recorrido hasta las montañas donde vivía el Pequeño Ciruelo, a quien finalmente encontró reposando bajo la sombra de unos árboles, al lado de un templo pequeño. Cuando se presentó con él y le comunicó el mensaje del maestro, vio cómo se quedaba en silencio por un largo rato, como sumido en profundas reflexiones, para finalmente decir: “El maestro se equivoca.”El monje se sorprendió al oír semejante respuesta y, tras descansar esa noche en la pequeña aldea, al día siguiente se despidió y emprendió el camino de regreso. Cuando volvió al templo, le comunicó con preocupación al maestro las palabras que había escuchado. El maestro asintió y sonriendo, dijo, “El Ciruelo ha madurado.”

 

Si bien aquí el énfasis es en la prueba del entendimiento del alumno. Lo importante es subrayar que en la relación maestro-alumno, es el maestro el que aprueba y cuya aceptación en su escuela es la garantía de confianza que otras personas pueden poner en su alumno. En las tradiciones de las artes marciales esto es en extremo importante, y las escuelas son meticulosas para conservar y mostrar al mundo la genealogía de sus artes, desde el mismo fundador y pasando por todos los sucesivos discípulos o descendientes.

 

Fuera de las artes marciales que es un ejemplo muy obvio, hoy en día en Asia, desde luego esta relación de maestro-alumno también se encarna de la misma forma que en Occidente: el decir haber estudiado bajo la tutela de Yuan Longping (袁隆平), el creador de los primeros arroces híbridos, es equivalente a haber sido discípulo de Norman Borlaug, padre de la “revolución verde” de la agricultura. Pero hay formas más sutiles en las que esta relación es entendida y está embebida en la cultura y el lenguaje mismo, y como ejemplo pongo una experiencia de la semana pasada:

 

Uno de mis amigos más antiguos en China, el Sr. Guo Zhongdao, me presentó al dueño de una empresa que quiere hacer negocios en México, diciendo que yo tengo la capacidad de ayudarle. Durante la plática, vimos varios detalles a tomar en cuenta, siendo el más delicado el de encontrar una empresa importadora confiable en México. Al llegar a este punto, mencioné que conozco una empresa idónea para esa parte del proceso, pero el empresario seguía mostrándose preocupado, hasta que le dije: “El jefe de esa empresa es mi ex alumno”. Al escuchar esto, hizo gesto de aprobación y dijo, “¡Ah! Bien, entonces esa parte está solucionada.” No preguntó más y seguimos con otros detalles de lo que se debe hacer. Ese reconocimiento de que no es simplemente una empresa a la que conozco, sino de que existe una relación maestro-alumno con ella, fue todo lo que necesitó para saber que la confianza es total por mi parte y por extensión debe serlo por parte de él.

 

En el caso de personas que se conocen y desarrollan una profunda confianza pero son de edades similares de modo que no aplican las formas comunes de respeto hacia la persona mayor, existe también una singular forma de cortesía: por supuesto, existen muchísimas variaciones para firmar una carta, equivalentes a “su seguro servidor”, “con afecto”, “a sus órdenes”, etc. Pero para mí, sin duda la más bella de todas es: “Su alumno”.

Fuente: Yuanfang Magazine: Revista Ibeoamericana de Asia Oriental